Microrrelatos de vecinos en La Biblioteca Encantada...


Háblame

Mantengo mis ojos cerrados en la oscuridad de mi habitación mientras escucho el barullo que se concentra en el portal. En mi bloque, el 50 de la Calle Uranzu, normalmente tranquilo, habitan todo tipo de personajes. Los denomino así, por lo variopinto de sus caracteres. Solo diré que Marta, la del décimo, mientras todos dormimos por la noche, se recorre todas las puertas del edificio y escupe en las mirillas. ¿Que por qué lo sé? Una vez recibí uno de sus regalos. Sí… ¿Que por qué lo hacía? Eso solo lo sabe ella, es muda…

Me levanto dispuesto a mantener una seria charla con mis vecinos. La sirena de una ambulancia se aproxima, y me visto con rapidez. Al entrar en el baño veo cómo una silueta, que no es la mía, se dibuja en mi espejo. Me restriego los ojos y al abrirlos Marta me sonríe. 

-¿Sabes por qué lo hacía?

Mudo, niego con la cabeza.  

-Porque nunca os habéis dignado a dirigirme una sola palabra. Era muda, no sorda…

Mientras observo cómo su ente desaparece, me vuelvo y abro la puerta de la calle. Marta yacía en el suelo, inerte, con una nota en la mano, mientras los vecinos la rodeaban  murmurando entre ellos.

Me acerco y desde una distancia prudencial, leo…

¿Sabes por qué lo hago? Porque nunca os habéis dignado a dirigirme una sola palabra. Soy muda, no sorda…

Solo buscaba una reacción… Porque la tristeza la consumía.

Le faltó algo en su vida, sí… Las palabras…

Esther Sanz
Irún – Guipúzcoa


La música abandonada

Decidió esperar hasta la medianoche despierto para comprobar si la extraña melodía que escuchaba puntualmente cada vigilia, desde que se mudó a principios de 1990 a aquel desvencijado e histórico edificio del extrarradio, era fruto de su duermevela o tenía un origen real. Y en el pactado silencio de aquel arrabal volvieron a sonar los acordes acaso tristes que le habían acompañado de forma fiel en su descanso. Intentó concentrarse para que las musicales notas le marcaran el camino a descubrir, saliendo al húmedo corredor donde se acentuaba la intrigante música. La siguió cual ratón de Hamelín, parándose ante la puerta 34 de donde parecía proceder. Giró el pomo de la puerta y ésta se abrió sin dificultad invitando a seguir escudriñando en la penumbra de aquel apartamento. Forzó sus pupilas para adaptarlas a la oscuridad y pudo observar la silueta de una mujer que con indiferencia a su persona tocaba armoniosamente un violonchelo. Se sintió embriagado por la estampa que presenciaba y la pálida belleza de aquella joven, serena y distinta, como de otro tiempo. Se acercó y acarició el lacio pelo de la instrumentista sintiendo el deseo de amarla bajo aquellas repetitivas musicales notas. Jamás había encontrado en su atormentada vida una paz como la que sentía en ese instante, cerró los ojos y se dejó llevar a lomos de la virtuosa melodía. Un tímido rayo de sol sobre su rostro le advirtió de la llegada del amanecer, se reincorporó súbitamente al no oír el violonchelo, y se vio rodeado de viejos muebles tapados con polvorientas sábanas que delataban el abandono del lugar. Ni rastro de la musical muchacha. Buscó cualquier pista sobre lo ocurrido. En el suelo un amarillento periódico llamó su atención.”Debut con éxito de la violonchelista Susan Freid el pasado veinte de Agosto”. Leyó la cabecera del journal: ”Universal Gaceta. Año IV .23 de Agosto de 1887″.

Sergio López Vidal
Rojales(Alicante)


Esa extraña viejecita

Esa extraña viejecita del cuarto no inspiraba confianza en ninguno de sus vecinos. Algunos contaban que, hacía muchos años, había sido una famosa actriz de teatro, ahora despojada de dinero y de fama. Otros, a escondidas, murmuraban que su profesión era otra, habida cuenta de que casi todos los días subían uno o dos hombres a su casa. Juan, del segundo izquierda, sugirió una vez que no sería mala idea llamar a la policía, por si se hubiera vuelto loca y estuviese acumulando basura —o cadáveres, quién puede saberlo—, en su casa. La idea fue descartada, porque en realidad no salía ningún tipo de olor desagradable de aquella vivienda.

Luisa, la del quinto, bajó un día hasta la casa de su vecina, con la excusa de pedirle sal pero con la intención de echar un ojo dentro. Pudo ver, por el punto de luz que se iluminó durante un instante, que la viejecita abrió la mirilla, mas la puerta permaneció cerrada a pesar de su insistencia.

Cuando la ambulancia llegó, y los enfermeros se llevaron el aparentemente dormido cuerpo de la viejecita, derrotado por el peso de los años, muchos se sorprendieron aunque nadie lo sintió realmente. De hecho, ninguno de sus vecinos fue al entierro.

Pero la viejecita sí tuvo visitas. Cientos de sin techo, a los que había alimentado y alojado durante años de forma altruista, la despidieron con lágrimas en los ojos. Decenas de ellos habían podido rehacer sus vidas gracias a los ánimos y la ayuda que ella les había brindado. Pedro y Tomás habían dejado el alcohol, y Eva las drogas. Ellos sí sabían quién era ella, y todo lo que había hecho.

Sus antiguos vecinos, por otra parte, no tardaron en olvidar a esa extraña viejecita del cuarto y ponerse a buscar una nueva víctima para sus cotilleos.

Sin embargo, no estéis tristes; la viejecita hacía mucho tiempo que había tomado la decisión de olvidarse de aquellas personas vacías y centrarse en la gente que, verdaderamente, merecía la pena, así que vivió y murió feliz.

David J. Skinner
Madrid
Microrrelato ganador de la edición


Sucedió en Nochebuena

Nunca me gustó La Navidad  O “las fiestas”, como todo el mundo la llama para no hacer referencia a lo que realmente son. 

Vivo solo desde hace unos meses. Primero me independicé y salí de casa de mis padres. Aunque no les conté la realidad: me iba a vivir con mi novia. Una compañera de facultad con la que llevaba saliendo el tiempo suficiente como para entender que, “la cosa podía ir bien”. Nada más lejos de la realidad. No llegamos a convivir ni siquiera una semana. El tiempo que tardó en enrollarse con el capitán del equipo de fútbol sala. Qué cosa más vulgar; por un momento llegué a pensar que era el actor secundario de una película de serie C americana. Universitarios, cervezas, muchas tetas y escenas erótico festivas.

Sonó el primer estruendo. No supe interpretar si procedía del piso de arriba, o de la calle. Me supuso una seria interferencia; no terminaba de liarme un porro y abrir el enésimo botellín de cerveza Alhambra —la mejor del mundo— cuando volvió a suceder. Era como si estuvieran arrastrando un tren sobre unos raíles oxidados. En seco. No daba crédito a tanto estrépito. ¿Quién podía estar haciendo una mudanza durante la Nochebuena? 

Durante un breve intervalo de silencio, e impelido por la determinación de relajarme, me asomé a la ventana que daba al ojo de patio. El espacio lo ocupaba una cantinela estridente; un chirrido disfrazado de música, que repetía una y otra vez una cadencia monocorde: Tum, tum, tum… lo tengo todo, papi… Tum, tum, tum… lo tengo todo papi. Aquella no iba a ser la Nochebuena especial que había presagiado. Soledad, marihuana, alcohol y recuerdos. Si todo marchaba bien, la clarividencia otorgada por el consumo de drogas me conduciría hasta el final del laberinto. 

Entonces sentí como si copos de nieve cayeran sobre mi cabeza. Rodé la mirada hacia arriba y la vi. Estaba allí, contoneándose al ritmo del tum, tum epiléptico. Con los senos al aire y un enorme canuto entre los dedos. 

Y entonces supe que iba a ser una Nochebuena especial.

Diego Castro Sánchez
Algeciras



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