La Biblioteca Encantada 112. Con Marta Gómez Garrido y Emily Roberts


"Cartas de Sal" y "Animal de Huida" 

Seguimos surcando el océano en blanco de nuestro libro aún no escrito, garabateando entre sus páginas nuestro camino, jugando a escribir sus capítulos en páginas hercianas que quedarán para siempre impresas en el papel de nuestra historia. Transitamos esta noche el capítulo 112, un episodio que transcurre durante nuestro tercer volumen y para el que hemos convocado a dos escritoras estupendas, dos poetas que siguen creando y afianzando paso a paso, verso a verso, sus carreras literarias. 

Para nuestro programa de hoy viajaremos en trenes en busca de heridas que cerrar, repasaremos nuestras vidas en pos de recuerdos que vivir e intentaremos reencontrarnos con nosotros mismos, quizá cuando más lejos estemos. A través de dos poemarios muy diferentes entre sí, pero con varios puntos en común entre ellos, intentaremos acercarnos a la poesía de nuestras dos invitadas de esta noche, Emily Roberts y Marta Gómez Garrido, dos jovencísimas escritoras sobradamente preparadas con quienes hablaremos de “Animal de Huida”, de Ediciones Oblicuas y “Cartas de Sal”, de Cuadernos del Laberinto. 

Nos acompañan dos microrrelatos de Vicente Ponce López y de Marta Sanchís, tenemos en el recuerdo también el de Cris Roal y disfrutamos de la poesía de la escritora colombiana Camila Ardila en voz de nuestra amiga Dolors. 

Un programa para perderse entre sus versos...



Rima Imposible

Como mujer se me presupone sensible, por el simple hecho de pertenecer al género. Lo mismo sucede con mi vocación, aunque la palabra conlleve otro significado: soy poeta, y ese género me hace a los ojos de la gente aún más sensible. Esa sensibilidad me permitiría expresar la realidad que vivo, los sentimientos que me cubren y las sensaciones que me embargan. Pero no es así. Tu nombre lo impide. Llevo años rimando palabras, con mayor o menor acierto, en asonante y consonante, en cientos de estructuras diferentes. Pero no encuentro una sola palabra que rime con tu nombre, como si mis géneros se rieran de mí en mis narices y quitaran la razón de golpe a la humanidad que me cree con la capacidad de hacerlo. Busco en mis recuerdos, en tus gestos, en mis motivaciones y en tus ojos. Pruebo y tacho, pruebo y borro, pruebo y rompo el papel. Imposible. Poetisa, sí, pero humana al fin y al cabo. Incapaz de que mi pluma encaje esa rima que se me resiste, esa palabra que encaja con lo que tu nombre significa, lo que representa y lo que me transmite. Quizás no exista esa palabra, quizás esta rima sea un problema de imposible solución que me atormenta y acabe anulándome, abandonando la pluma, el papel, la poesía. O quizás exista, escondida a mis escasos dones, a mi ansia por hallarla, como si tuviera miedo de que mi ímpetu pudiera dañarla y perder así el significado puro que miles de amantes aprovecharon en sus poemas anteriores. No lo sé. En esta situación, donde la poesía me supera, solo tengo una cosa clara: me ayudaría saber cuál es tu nombre.

Vicente Ponce López


El viaje de la Poeta

La poeta no volvió aquella noche. Tenía los pies ateridos de frío y el alma en llamas. Se escapó por la ventana.

La tacharon de hereje, impura, impía y malasangre. Hablaron las lenguas hasta desfallecer, y hasta la noche de tres semanas después estuvieron hablando. Luego se cansaron. 

La poeta, ignorante de malas sangres y de mentes de alfiler, estaba viajando. Holanda, Bélgica, Italia, Bielorrusia. Todo lo vio, y los colores y los olores de cada uno de los países se pegaron a su maleta. Lloraba por las noches recordando su hogar, pero de día no le importaba. Había tanto por ver, por hacer, por vivir.

Al final, se la tragó el mar.

No murió. Se marchó con un barco de mercancías a Australia.

Marta Sanchís Ferrer
Microrrelato Ganador del Concurso Semanal


Escritor de renombre

Del verso del joven poeta, incrédulo de amor sin éxito, pasó a la admiración de poetas de nombre y portadas de libros, a estar enamorado y ser un autor.

Escribía por entretenerse en papeles sueltos y a veces aprovechaba cuando salía a comer en los manteles de papel de los restaurantes de carretera donde paraba a descansar, ya que era conductor, siempre solía comer en los mismos lugares, así ya era un miembro más de la familia.

Sus obras, él creía que se iban a la basura cuando terminaba su menú pero con lo que él no contaba era que la dulce camarera las leía pues estaba enamorada del joven y las guardaba, hasta que un día las presentó a un concurso de jóvenes poetas y ganó.

Claro que le llamaron a él y él no sabía de qué le estaban hablando. Sorprendido, escuchó incrédulo pues creía tratarse de una broma de compañeros, hasta que al día siguiente, después de hacer su jornada, paró en ese restaurante de carretera y con toda confianza se lo contó a la camarera que, sonriente y no sorprendida, le dijo que se alegraba por él y se lo merecía todo.

Él sintió mariposas en su estómago, la vio de forma diferente, guapa y dulce, sintiéndose muy cómodo a su lado. Ya le gustaba de antes pero como era conductor y pasaba horas en carretera no le dio importancia en ese momento.

Escribió un verso para ella, a modo de declarar lo que sentía. Ella, enamorada de él desde el primer momento que lo vio entrar por el restaurante, ilusionada, le contó que fue guardando cada poema y verso de todos los manteles y volvió a pasarlos a máquina para mandarlos al concurso, jamás imaginó que aquello llegaría tan lejos y que hoy este joven escritor de carretera seria un escritor de nombre.

Cris Roal

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