Microrrelatos Repentinos sobre "La maldición de la Diosa Araña"


Jonathan y la cadena alimenticia  

Era temprano, Jonathan Baker caminaba por entre los arbustos que rodeaban la cabaña a la que sus padres acudían en busca de descanso durante las vacaciones veraniegas.

A sus ocho años, mostraba atención sobre  temas que generalmente no eran del interés de niños de su edad.

En clase, el profesor de biología había descrito las costumbres alimenticias de los arácnidos y sus métodos reproductivos y le pareció interesante que teniendo ocho patas, cada una fuera independiente y si una araña era joven y perdía alguna extremidad, esta crecía nuevamente, así como la paciencia con la que aguardaba a sus víctimas, permaneciendo inmóvil y desapercibida, esperando el momento para atacar.

Al apartar un arbusto, se topó con una telaraña de 30cm de diámetro. En medio del concéntrico octágono, una araña aguardaba pacientemente.

En el extremo superior, una mariposa posada de ocho centímetros con alas azules, le recordó a la mariposa Morpho, que semanas atrás habían diseccionado en clase, observando la Probóscide utilizada para libar el néctar de las flores.

La araña permanecía expectante y Jonathan sabía que aguardaba el momento cuando la mariposa mostrara síntomas de atoro para atacar y envolverla en su manto de muerte.

Buscó alrededor algo que permitiera evitar lo que se avecinaba.

Tirada cerca de él, encontró una rama gruesa y larga, que garantizaba la distancia necesaria para aplastar a la araña.

Se acercó tan lentamente como sus pies lo permitieron, levantando la improvisada arma. Centró su objetivo en el extremo de la rama y en ese momento notó que la espalda de la araña, cambiaba constante y tenuemente de tono.

Afinó la vista para asestar el golpe definitivo y fue cuando lo notó. Decenas de diminutas arañas se movían inquietamente sobre la espalda de su madre.

Recordó la lámina donde su profesor explicaba la cadena alimenticia y de la importancia de no alterarla.

La mariposa aleteo un par de veces intentando liberarse de la tela que le sujetaba.

Sin apartar los ojos de la escena, Jonathan soltó la improvisada arma muy suavemente. Retrocedió un par de pasos y giró lentamente para alejarse del sitio.

La araña avanzó inexorable en dirección de la mariposa, evaluando las condiciones de su víctima.

Sobre los ojos del arácnido, la imagen de la mariposa se vio múltiples veces reflejada, mientras Jonathan con sus manos abiertas, iba rozando la pared de la cabaña, simulando sobre ella, el apresurado caminar de una araña.

Eduardo García Martínez
México


Vicisitudes cruzando una habitación

No se salía de lo normal que Jonathan Baker estuviese metido en un lío, y tampoco era extraño que más de una persona quisiera verlo muerto. De hecho, las afiladas hojas que lo estaban apuntando en aquel antro oscuro no harían de ese un día excepcional… si las manos que las sostenían pertenecieran a seres humanos vivos.

Palpó su bolsa, asegurándose de que la pequeña y antigua piedra preciosa siguiera allí, y se dispuso a enfrentarse con sus adversarios. Por suerte, no se trataba de más de una docena de redivivos.

Por desgracia, se encontraban a los pies de la escalera, entre la salida y él.

No se molestó en sacar su arma; sabía bien que intentar matar a lo que ya está muerto era una pérdida de tiempo, al menos sin la munición adecuada, así que se centró en observar bien su entorno. Retroceder y regresar a las habitaciones del lupanar, donde había encontrado la joya, significaba ponerse literalmente entre la espada y la pared. Descender y avanzar hacia la puerta principal tampoco le pareció una opción atractiva, sobre todo porque incluso si llegaba a esquivar los mandobles, era casi imposible eliminar el olor de los zombis de la ropa. Y, joder, le tenía cariño a su gabardina.

Eligió la tercera posibilidad.

Ante la atónita —a la par que vacía— mirada de los muertos, Baker saltó por encima de la barandilla de la escalera, cayendo junto a unas cajas de madera amontonadas. Si había algo que a esos bichos les disgustaba era el fuego. Sacó un fósforo y lo restregó contra la rugosa pared, haciendo que prendiera.

—Creo que la situación se va a poner al rojo vivo —dijo en voz alta, aunque las criaturas no tenían la capacidad de entender sus palabras y, seguramente, tampoco habrían apreciado su fino sentido del humor de haberlas comprendido.

En cuestión de segundos, el lugar se convirtió en un auténtico infierno. Las llamas subían por las paredes como lascivas lenguas de fuego, y no pasaría mucho antes de que también engullesen a Baker si no escapaba rápido de allí. Tomó impulso y se lanzó hacia los muertos.

El fuego los había vuelto aún más lentos y más torpes de lo habitual. Cuando apenas le separaban tres pasos de ellos, dio un brinco y se agarró a la gran lámpara situada en el centro de la sala. Su propio impulso hizo que esta se balanceara hacia adelante, pasando a duras penas sobre las cabezas de sus ahora humeantes enemigos. Tras un aterrizaje poco elegante, Baker cruzó la puerta y la cerró. Se mantuvo un buen rato apoyado en ella, pero ninguno de los seres hizo el menos intento de pasar.
Algún día no tendría tanta suerte. Hoy, lo había logrado de nuevo.

David J. Skinner
Madrid
Microrrelato ganador del concurso y de un ejemplar de la novela


Enigma

"Lo más inquietante de Zardi cuando le conocí", me confiesa Walkyria, "es que vive, según Blake, un presente continuo siendo pasado. Es el tiempo en sí mismo". "Su lado perverso", añadió "es que sigue siendo todo un enigma y esa es su personalidad, es algo tan real como incierto".

Julián Sánchez Caramazana
Barcelona

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