Don Juan Tenorio conquistó Chapinería


La Compañía de Teatro Kalodoscopio dirigida por David Merlo, volvió a demostrar que su mezcla de juventud y veteranía, su estupenda cantera de actores, puede ofrecer grandes espectáculos

Javier Fernández. Quizá para un Don Juan que se precie de serlo no tenga la más mínima importancia, que para él, que está acostumbrado a escalar tapias, asaltar damiselas de toda clase y condición o a luchar por su vida con una sonrisa burlona y jovial dibujada en el rostro sea algo de lo más corriente, pero el sábado pasado, 22 de noviembre, en Chapinería, el Tenorio logró conquistar la atención y las emociones de un Auditorio Municipal prácticamente lleno. 

Ya nos lo avisó hace ahora un año el director y actor principal de esta versión del “Don Juan Tenorio” de José Zorrilla cuando vino a hacernos disfrutar con otro burlón inmortal, Cyrano de Bergerac, “donde nosotros realmente demostramos todo nuestro potencial es con el Don Juan”. Y vaya si lo han demostrado, porque si lo pasamos en grande con el fantástico espadachín de Rostand con el Tenorio hemos vivido un espectáculo realmente impresionante, de esos que no se olvidan fácilmente y se comentan con propios y extraños a la menor oportunidad.

Tiene mucho mérito lo que consigue Merlo con Kalodoscopio, donde más allá de las grandes presencias de Cristina Franco, Lola Blanco o Antonio Iglesias, que son los más veteranos del grupo y a quienes se les notan las tablas en cada nueva intervención o el genial Alberto Romero, que ya nos llamó muchísimo la atención en Cyrano y que aquí, en los papeles del escultor por un lado y, especialmente del mesonero Buttarelli por el otro, volvió a meterse al público en el bolsillo, porque trabaja con espectáculos clásicos prácticamente literales y lo hace además con una compañía teatral sumamente joven.

Casi una veintena de actores llena el escenario en todo momento durante los cinco actos de una adaptación que resulta muy sobria en la mayor parte de la representación, como marcan los cánones, pero que, de tanto en tanto, salpica a las butacas con detalles más divertidos y que rompen un poco con la seriedad de una caída en picado de un personaje que, a pesar de saber que es alguien con quien a uno no le gustaría toparse en según qué momentos, llega a caernos bien en algunos instantes. Kalidoscopio además nos ofrece algo que rompe de verdad con lo esperado, luchas de espadas prácticamente reales y regadas con una violencia y una tensión adicionales que nos hace sentir en el pecho la vibración de las espadas o del escenario, vivir casi en primera persona algo que suele pasar desapercibido en las tramas teatrales más clásicas, si no fuese por la muerte de alguno de los personajes principales o por tener una gran repercusión en el libreto. Un maestro de esgrima está detrás de unas coreografías que, salvo algún movimiento levemente forzado, parecen más de película que de teatro y en las que hay un esfuerzo y un trabajo que se suman al realizado para mantener las rimas, los versos y el texto clásico de Zorrilla.

Una vez más el peso de la representación cae en la figura de David Merlo, aunque sí que se puede apreciar un año después que algunos de los jóvenes que ya vimos en Chapinería con Cyrano no paran de crecer y de mejorar como actores y que cada vez respaldan más a su director en el escenario. Ya destacamos en su día a Bárbara Colodro en el papel de Roxane, pero esta vez, en el de Doña Inés realmente logró conquistarnos y emocionarnos con cada intervención, porque estamos ante una chica muy joven y muy pequeña pero que llena la escena con su presencia y con su interpretación, estamos seguros de que tiene un gran porvenir como actriz. Me gustaría destacar igualmente a Javier Hervás en el papel de Don Gonzalo de Ulloa y a María José Guillén en el de Ciutti, cuya actuación resultó de las más interesantes de la noche.

En definitiva, un espectáculo de dos horas y media que se hizo corto, que nos dejó con un gran sabor a teatro en los paladares y que demostró que el trabajo, el tesón y la pasión son capaces de transformar incluso a los clásicos y hacer que estos tomen en parte la voz de sus adaptadores. Yo lo disfruté enormemente y, creo, el público que asistió al espectáculo opinará lo mismo, si tenemos en cuenta la gran ovación final recibida por la compañía. Kalodoscopio es una compañía que no para de crecer, de moverse, de disfrutar sobre las tablas a pesar del esfuerzo y el trabajo y de ofrecer grandes espectáculos cada día con más empaque y fuerza.

Y como ya hice el año pasado, espero y deseo que Kalidoscopio y David Merlo regresen el año que viene con otra obra que nos haga quitarnos el sombrero y disfrutar del crecimiento actoral de una compañía que aún tiene un gran recorrido por delante.

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