"Teorema Zero", un nuevo viaje al extravagante futuro de Terry Gilliam


Empiezo este comentario sobre la película de hoy diciendo que es de Terry Gilliam (y con esto ya he dicho casi todo para poneros en antecedentes). Estamos ante una película extravagante, barroca, rara a más no poder, colorida hasta extremos imposibles, excéntrica… bueno y así podría seguir hasta el infinito o hasta acabar absorbido por un agujero negro capaz de tragarse toda la existencia (si es que esta existe en realidad).

Si no conoces demasiado bien la filmografía del creador de “Brazil” o “12 Monos” (bueno, miento, y aunque la conozcas), esta película te golpeará desde el principio con su color, su aturullamiento, sus ganas de zarandear al espectador hasta hacerle sentir que él mismo está sufriendo lo mismo que el personaje y su ambigüedad entre el humor más absurdo y la seriedad más intensa, pero Gilliam es así y su cine tiene una forma de ser que lo hace inconfundible y atractivo. La estética es extraña y el agobio es constante, pero esta película tiene un extraño sentido de la tranquilidad y de la soledad que me ha llamado mucho la atención. Antes de escribir estas líneas me la he visto dos veces y he revisitado algunas de sus escenas, así que tampoco es que me haya aburrido o me haya dejado descubrir todo lo que tiene en un primer visionado (algo que también es común en el director británico y sus productos.

Siempre hemos querido ser diferentes, únicos, pero si nos fijamos bien… todos somos más intrascendentes de lo que nos gustaría ser…

En la película, de 107 minutos de duración que parecen muchos más (no porque la película sea larga, sino porque nos hace trabajar, imaginar, completar detalles que no están del todo cerrados y que nos permiten cerrarlos a nuestro modo) conocemos al peculiar Qohen Leth, un personaje extraño y oscuro, asolado por toda una suerte de males que se pueden resumir en un vacío interior demasiado intenso para ser soportable (quizá en un remedo de lo que nos pasa en esta sociedad en la que tenemos de todo, lo tenemos todo a mano, pero a veces sentimos que no somos capaces de tener nada en realidad e incluso llegamos a plantearnos si vale para algo estar aquí). Qohen es uno de los trabajadores mejor valorados de la Mancom Corporation, una empresa que alberga las entidades de todo el mundo en un superordenador (genial, por cierto, el imaginario puesto en marcha para su ordenador extremo y gigantesco, más parecido a una gran caldera de fundición que a un ordenador) y cuyo mandamás, “Dirección”, pretende averiguar si la existencia es en realidad la nada (vamos, un rollo filosófico bastante complicado de entender), la única manera de saber si todo esto es así realmente es a través de la resolución del Teorema Cero, que está resuelto casi al 100 por cien, pero que se resiste a ser resuelto por completo.


Con esta premisa Gilliam, en base a un guión de Pat Rushin, nos ofrece una propuesta en la que no falta el amor y el desamor, los personajes estrafalarios y divertidos (impagable el papel de David Thewlis, que siempre es una garantía), pero, especialmente, la filosofía y las preguntas sobre qué somos y dónde irá nuestra alma (si es que la tenemos) el día en el que dejemos nuestro cuerpo para siempre (quizá a una realidad virtual).

Una extraña visión del futuro, propia de la mente singular de Terry Gilliam, director de “12 monos” y “Brazil”

Los detalles están cuidados al extremo, desde el vestuario colorido, visual y ridículo en muchas ocasiones, con el bueno de Qohen como único personaje que parece vestir de oscuro y triste. Con un futurismo agobiante repleto de anuncios, telepredicadores, continuas llamadas telefónicas, control extremo de la población, polución, carreras, locura. Pero me gustaría quedarme especialmente en la “casa” del protagonista, una impresionante capilla en estado ruinoso y deslucido que el equipo de producción creó expresamente para la realización de la película (impresionante el extra en el que nos cuentan el proceso de montaje de la capilla, impresionante, de verdad) y no puedo olvidarme del ordenador gigante (sin ninguna apariencia de ordenador) que irrumpe en toda la historia y que está más que presente.

Y en cuanto a los actores… a mí me han resultado lo mejor de toda la película. Más que la trama extravagante y extraña, más que el ambiente futurista y arcaico al mismo tiempo, más que la pretendida profundidad de todo lo que ocurre y de la historia que se termina de cerrar en los créditos sin necesidad de una imagen que muchos anhelaremos al final de la película… son los actores protagonistas los que le otorgan un peso a esta película que la hace más que visible y atractiva (ya os he dicho que la he visto un par de veces ya, y no solo porque sea difícil de entender, jeje). En primer lugar, hay que mencionar muy por encima del resto del elenco a Christoph Waltz, que hace uno de esos papeles que le suponen a un actor y esfuerzo supremo y completo, creo que Waltz, a pesar de estar muy bien acompañado por otros actores de lujo, es quien sostiene esta película desde el principio hasta el final y sin él (o un actor de sus características y registros) la película habría resultado mucho menos apetecible.

También me parece muy destacable la presencia (ya lo he dicho antes, ¿verdad?) de David Thewlis y de mis personajes favoritos de la película, por un lado la guapísima Bainsley interpretada por una estupenda Mélanie Thierry y el más genial y lanzado de todos, Bob, a quien pone piel Lucas Hedges. También podemos ver en esta película a Tilda Swinton en un papel desquiciante de psiquiatra virtual y a Matt Damon en el personaje más tramposo de la película.

En fin que sí, que es desquiciante, embriagadora, juguetona, estrambótica y muchos adjetivos más, pero creo que estamos ante una muy buena película que os va a mantener frente a la pantalla para intentar descubrir todos sus secretos, sobre todo si os gusta el cine simpar de Terry Gilliam, un genio para algunos y un extravagante para otros.



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