"Animales Nocturnos", una función que va más allá del teatro


Una obra que reflexiona sobre la inmigración y las relaciones de pareja. “El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo una pero importante”. Juan Mayorga pone en escena a dos vecinos a los que la Ley de Extranjería sitúa en diferentes posiciones sociales: con “derechos” y “sin derechos”. Del encuentro de estos dos vecinos, surgirá una relación marcada por el miedo y la tentación de dominar al otro, que se extenderá a sus respectivas parejas.

La Soledad, las Relaciones de Pareja y la Emigración golpeando a los espectadores


Esa es la sensación que me quedó tras disfrutar de la representación de “Animales Nocturnos”, de Juan Mayorga, por parte de El Aedo Teatro en la Sal Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez de Madrid. La sensación de estar tan dentro de la función provoca que cada uno de los espectadores sea uno más de la obra, que participe con su propia sorpresa, con sus gestos, con su angustia en todo lo que ocurre en un escenario con una caja de madera como escenografía cambiante e imaginativa, capaz de ser un bar, dos pisos, un zoológico o una estación de tren… lo cierto es que los 90 minutos que transcurren desde el inicio hasta el final los pasa uno con la boca abierta y con la mente cada vez más atenazada y encogida, porque nos vemos ahí, sobre la escena, quizá sufriendo una ley o quizá utilizándola a nuestro antojo. Puede que nos veamos como esa persona con tantos sueños por cumplir que se ha convertido en algo que nunca habría pensado ser o que seamos una persona que necesita reprimir sus ideas o sensaciones por algún título o alguna falta moral ante la sociedad. Podemos ser cualquiera de los cuatro personajes representados, podemos sentir como ellos, porque en mayor o menor medida todos hemos pasado por algunos de los momentos que pasan… creo que uno de los objetivos de esta historia es ese, que podamos identificarnos, cualquiera de nosotros, con cualquiera de los cuatro personajes en un momento u otro.



Salí abrumado del teatro, contento por el espectáculo pero contrariado por el mensaje. Un mensaje casi desesperanzador, un espejo de adónde nos dirigimos como sociedad, una ventana hacia un mundo real, que está aquí, al alcance de la mano, que somos nosotros mismos… la Emigración, la Soledad, la Pareja, la Dignidad, la Pérdida, los Sueños Incumplidos… creo que son los grandes temas de una función que deja a los espectadores con la boca abierta y con muchas ganas de intentar descifrar el significado de cuanto han visto… y la gracia es que no lo hay, no existe ese significado o, al menos, no hay solo uno. Esta es una de esas obras que uno sigue degustando durante días y que se debate entre aquellos que la han presenciado.

Tuve suerte, porque lo mejor de haber disfrutado de esta representación de “Animales Nocturnos” fue el haber conocido antes a los actores, el haberlos visto sin el personaje puesto, el acudir al teatro en compañía de varios chicos y chicas de entre los 13 y los 16 años… con los que sigo debatiendo sobre lo que vimos. Tras presenciarla estuvimos más de media hora hablando de ella sin parar. Y es que se presta mucho a ello, al comentario, al juego de descifrar, al diálogo… quizás a cambiar incluso algunas de nuestras actitudes.

Y si la función es buena, qué decir de los cuatro actores que la ponen en escena y que nos hacen vivir tan profundamente cuanto pasa: tremendo ese Jesús Torres con una apacibilidad pasmosa, con una practicidad que asusta más que si te gritase al oído; muy grande Pablo Gómez siendo sumiso y callado, cambiando casi de personalidad en según qué instante y a quién tenga frente a él; Viveka Rytzner es impresionante, su capacidad de transmitir y su presencia llenan casi sin necesidad de que diga una sola palabra… aunque a mí, personalmente, quien más me gustó fue Irene Serrano, que va creciendo poco a poco a medida que transcurre la función y que termina desatada y realmente potente. Aunque tengo que decir que cualquiera de los cuatro me parecieron gigantes sobre un escenario que requiere de mucho esfuerzo y de un trabajo adicional por estar completamente rodeado por el público. La iluminación también precisa de un apunte, porque la oscuridad del texto precisaba de una luz perfectamente ajustada, precisa, algo que se consigue sin lugar a dudas. Y para terminar, felicitar a Carlos Tuñón por la dirección, no debe ser fácil poner sobre un escenario una obra como esta.

Os recomiendo verla, tenéis la oportunidad de hacerlo hasta el próximo 5 de junio. Además, si podéis, os recomendaría acercaros antes a los coloquios organizados cada jueves en la misma sala de la representación, creo que son casi tan fantásticos (o más) que la propia función.

Una gran experiencia, una gran obra. Una bofetada de realidad.



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