Publicamos la Carta Ganadora del Concurso de Cartas de Amor de Villa del Prado


Querido abuelo:

Hace ya unos años que la primavera se detiene un 27 de mayo. Fecha en la que me di cuenta, de lo frágil que es la vida. El destino quiso separarnos, y hoy puedo verte brillar cada noche en el cielo. 

Sigues viviendo dentro de mí. Cada día eres el protagonista de mis acciones e intento representarte humildemente, aunque no estés. Lo cierto, es que muchas veces desearía parar el tiempo, resguardarme en todos aquellos instantes vividos y volverte a abrazar. Sí, volverte a abrazar. Nada me reconfortaba tanto como un sincero y palpitante abrazo tuyo. 

Abuelo, eres la huella de mi infancia. Hay tantos recuerdos juntos en aquella maravillosa etapa de mi vida, que puedo decirte bien seguro que estarán siempre en mi corazón. Aún recuerdo aquellos días en los que venías a recogerme a casa y me llevabas al colegio. Todavía hoy, cierro los ojos y soy capaz de imaginar aquel breve trayecto que compartíamos cada mañana. También, recuerdo cada una de las peculiares historias que me contabas de cuando eras joven, de cómo conociste a abuela y de cómo te acordabas de cada uno de los días en que habíamos nacido tus nietos. Pero sobre todo, recuerdo tantos y tantos consejos que me diste según iba alcanzando sueños y tú estabas para verlos, que hoy en día me sirven de ejemplo. Y si algo tengo claro, es que quiero que esas enseñanzas sean contadas a las generaciones venideras de nuestra familia. 

Abuelo, contigo se me fue un amigo. Mi felicidad era tu felicidad. Amabas cada respiro de la vida y sobre todo, eras capaz de decirme tanto con una simple sonrisa. Aquellos pequeños detalles siempre marcaron la diferencia. Quizás, el motivo de esta carta no sea otro que recoger la cotidianeidad de mis sentimientos, para así sentirte más cerca de mí a través de las palabras. El solo hecho de tener ganas de escribirte a ti, ya me hace feliz. 

Fue fácil quererte, pero es imposible olvidarte. Los que te conocimos, siempre sabremos que fuimos unos auténticos afortunados. Y si algo tendré que darte siempre, serán las gracias. He heredado cosas tan especiales de ti, como por ejemplo, esa curiosidad infinita tanto por las cosas grandes como por las pequeñas. Pero también, esa sensación tan singular de intentar ser mejor persona cada día. Todo lo que aprendí de ti, es un precioso legado de valores que formará parte siempre de la identidad de mi alma.

Gracias abuelo, gracias amigo mío. Soy consciente, de que si todos tenemos un ángel de la guarda, tú sin duda eres el mío. Sigue cuidando de abuela y dila de mi parte que aunque la vida no me dejó conocerla, me dio un precioso padre que la representa a ella. Seguir velando por mí, yo mientras seguiré observando cómo brilláis en el cielo. 

Héctor Ortega Otero

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